sábado, 16 de julio de 2011

El uso perverso de las palabras (Ignacio Escolar)

Evidentemente, todos nos inspiramos, en mayor o menor medida, de las opiniones que vierten otros, y así sucesivamente, pues hoy en día puede ser complicado escribir algo realmente original. Pese a esa dificultad, creo que muchos blogueros intentamos escribir textos originales, huyendo del copia y pega tan habitual en la red y que no hace más que generar réplicas de contenidos sin mayor utilidad.

Sin embargo, de cuando en cuando me encuentro textos que al leerlos pienso: "Me gustaría haber sido capaz de escribir este texto, ... yo no podría haberlo dicho más claro, ...". En estos casos creo que es mejor dejarse de imitaciones y copiar el texto tal cual, para su divulgación por la red y hacer honor a su autor. En este caso me refiero al artículo escrito por el periodista Ignacio Escolar en su blog y que me permito la libertad de transcribir íntegramente (como siempre, las cursivas, las negritas y los enlaces son añadidos míos; las imágenes están pilladas de Internet):

La escritura no nació ni para la poesía ni para la ciencia ni para las cartas de amor. Como decía el antropólogo Claude Lévi-Strauss, “la función principal de la escritura antigua era facilitar la esclavización de otros seres humanos”. Al igual que otras tecnologías, la bendita palabra escrita se inventó como una herramienta de dominación: como un instrumento al servicio de los reyes y sacerdotes sumerios, que usaban a sus escribas para cobrar impuestos, contar esclavos, sacos de trigo y cabras, y administrar un imperio en expansión.

El arte y el conocimiento llegaron a los libros mucho después. Pero los usos perversos del lenguaje como palanca para el control social aún siguen ahí, aunque ahora el más preocupante es otro: la propaganda. Cualquier manipulación empieza siempre en el diccionario. Por eso llaman “gasto” al dinero invertido en guarderías, o en salud, o en pensiones, pero califican como “inversión” a cualquier presupuesto empleado en infraestructuras, aunque sean tan inútiles como esos trenes AVE que hasta hace nada circulaban casi vacíos entre Toledo y Albacete.

La última de esas trampas en la lengua aún no está en el diccionario de la RAE, pero ya es de uso común: el “copago”. Nombran así a un modelo de sanidad pública como el que ahora estrenará Italia: 25 euros por cada visita a urgencias, otros 10 por cada cita con el especialista. Lo llaman copago y no lo es: la palabra correcta sería “repago” porque la sanidad ya la pagamos a través de los impuestos. El llamado copago consiste, para entendernos, en que paguen más por la sanidad los enfermos, y no los que más ganen. Es un impuesto indirecto que grava a la enfermedad y a la vejez.



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