sábado, 14 de mayo de 2011

La importancia de las minorías

[Por Santiago García Devesa]

Para los que no lo sabéis, formo parte de una familia de las llamadas reconstituidas, en la que mi mujer y yo ya venimos de sendos matrimonios anteriores, y en total juntamos cuatro críos, que van desde los 11 hasta los 3 años.

Yo siempre he sido un profundo demócrata convencido. Siempre he pensado que la manera más civilizada de solucionar un conflicto, o tomar una decisión controvertida, es la votación directa (os cuento un secreto, me he reservado el voto de calidad del Presidente, por ser el de más edad). Así, vamos al videoclub ayer por la tarde y entre los cuatro niños tenían que decidir qué película alquilar para verla después de cenar. La pequeñita forma parte de esa minoría que prefiere no opinar, luego hace lo que le viene en gana y asunto solucionado. Pero los otros tres se enfrascaron en una discusión sobre qué peli alquilar. Al principio cada uno defendía una candidatura, hasta que la chica mayor logró convencer al chico mayor y entre los dos defendían alquilar una peli que ya habían visto.

El pequeño, que a la postre es el que tiene gustos más diferentes, defendía a capa y espada su opción, que era una cinta que no habían visto ninguno de los cuatro y que además era de las que suelen ver juntos. Pero llegó el momento de decidir y yo dije: votemos. Ya he dicho que soy un demócrata convencido. La pequeña a su rollo, ejerció su derecho a la abstención levantando los hombros. Por lo tanto 2 a 1 a favor de alquilar la peli que ya habían visto. Otra vez la minoría fastidiada porque su propuesta se veía rechazada por el rodillo de la mayoría, aunque la suya fuera una opción lógica y atrayente.

¿Y que pasó? Pues que al final el visionado fue un desastre, porque el pequeño saboteó la sesión de video jugando con sus muñequitos de Gormiti hasta que a los demás, cansados de ver una peli que ya habían visto, les apeteció más jugar con los muñequitos que ver el video. Y terminaron castigados porque el pequeño no quería compartir los Gormitis, alegando que ellos ya tenían su peli, y la discusión fue subiendo de tono hasta que yo, disfrazado de antidisturbios, disolví la trifulca enviándolos a todos a la cama.

La propuesta de la minoría era lógica, era buena, pero no se hizo realidad porque la mayoría, en su soberbia, quiso imponer su criterio y, encima, no dejar a su aire a la minoría. Y la cosa acabó mal.

Ahora traslademos esto a gran escala. La mayoría, por el simple hecho de serlo, no puede limitarse a imponer su criterio y, ni mucho menos, ahogar el debate e imposibilitar que otras propuestas salgan adelante sólo por el hecho de no ser impulsadas por ellos mismos. El peligro es el verse enfrentado a la minoría que se considera excluida, ninguneada. En democracia todos somos importantes, todas las propuestas deben ser debatidas y, aunque al final la lógica del voto saque adelante unas y no otras, no debemos olvidar nunca que lo importante es que al final todos nos consideremos incluidos en el juego. En el momento en el que algunos se ven excluidos es cuando todos empezamos a tener problemas.

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