domingo, 19 de septiembre de 2010

La tradición aquí es, precisamente, cambiar las cosas

Día y hora: Viernes, 21 horas.
Lugar: Entrada de una Filà. A punto para iniciar un 'ensaio'.
Fester 1: “Mira” (señalándose las piernas)
Fester 2: “¡Guay! ¿Cuándo te has depilado? ¡Están de puta madre! Ya me dirás dónde...”

Ya nadie se extraña de nada. Los que tenemos cierta edad, podemos reflexionar acerca de cómo ha cambiado la sociedad ante cosas que hace treinta años no se veían por las calles y hoy son absolutamente normales. Hombres que se depilan, homosexuales anunciando públicamente su condición, mujeres policía... Y sin embargo, ¿qué nos pasa en este pueblo llamado Alcoi para que las mujeres no puedan ser iguales a sus compañeros en esos extraños lugares llamados filaes (entidades, comparsas, agrupación de festeros bajo un mismo nombre, diseño de vestuario y estatutos)?

¿Qué es una fiesta? No debería ser más que una celebración. Celebrar que seguimos vivos, que de nuevo es primavera. Que tenemos energía, ganas e hígado suficiente como para pasar tres días sin preocuparnos del trabajo, la hipoteca y demás fuentes de estrés. Todo lo demás es accesorio. El que la fiesta base su imagen en una pequeña escaramuza entre musulmanes y cristianos hace más de 700 años como en Alcoi o en una travesura entre jóvenes del pueblo hace cuatro décadas como en la tomatina de Bunyol no debería cambiar el carácter de la misma. Una fiesta debe estar abierta a todos y, como todos cambiamos, dentro de las sociedades que evolucionan, la fiesta debe poder cambiar como las personas que participan en ella. La recogemos de nuestros padres, se transforma con nosotros y, cambiada, la entregamos a nuestros hijos para que hagan con ella lo que estimen oportuno.

Por otra parte, la tradición de este pueblo, Alcoi, ha sido, precisamente, cambiar las cosas. ¿De qué otro modo hubiera sido un referente industrial, si no se hubiera innovado en este ámbito? ¿Cómo podríamos conservar actualmente un conjunto de edificios modernistas referente en todo el país si en su momento se hubiera obstaculizado la construcción de unos edificios que presentaban un aspecto rompedor en la época? Actualmente, estamos ante un punto de inmovilismo social alarmante. Nos hemos convertido en una sociedad que no evoluciona, anclados en falsas tradiciones, deslumbrados por unos valores que hemos convertido entre todos en intocables (y sin embargo, nadie parece molestarse ante la modificación y destrucción de elementos de nuestro patrimonio histórico y natural que sí debería conservarse como el casco antiguo, el castillo de Barchell, el conjunto de fábricas del Molinar, las laderas de Serelles, la Font Roja...). Hay una expresión muy usada, "de toda la vida" que demuestra esto: se hacen las cosas de una manera determinada porque pensamos siempre se han hecho así, lo cual es evidentemente imposible. La vida cambia y todo lo que va asociado a ella también. La fiesta de Alcoi también ha cambiado: Se renuevan las filaes, se introducen cambios en vestuarios, se modifican los actos. La Entrada, principal acto de la fiesta y el más vistoso, tenía hace setenta años otro itinerario, que cambió por la modificación de las calles; hace poco más de cien años no existía la música festera; uno de los cambios más importantes en el último siglo ha sido precisamente la apertura de una fiesta que era patrimonio de los más ricos a prácticamente todo el pueblo. No nos podemos aferrar a la tradición ni a la historia para justificar lo injustificable: los diseños del vestuario de algunas filaes no corresponden a la época (año 1.276) de la que proviene la celebración; para la representación de la lucha entre moros y cristianos se usan arcabuces, otro flagrante incumplimiento de la "representación histórica". El hecho de que en 1276 las mujeres no entraran en combate, ¿puede justificar que en el año 2.010 no puedan pertenecer a una filà?

Toda lucha tiene sus cabezas visibles, a menudo convertidos en mártires de la causa. Y la lucha por la integración de la mujer en la fiesta de Alcoi tiene como puntal a Fonèvol. Muchos piensan que es una causa que no merece tanto esfuerzo. Probablemente, tienen razón. En circunstancias como las actuales, dedicar tanta energía a algo tan voluble, tan accesorio como una celebración anual de tres días en un pueblo perdido entre montañas puede parecer una pérdida de tiempo. Pero también es cierto que si se cede en asuntos de igualdad, de integración, de materias tan básicas en la convivencia, estaremos permitiendo que nuestra sociedad sea un poco más gris, más injusta y triste.

Artículo de Jesús Lara Jornet, publicado en ARAmultimèdia el 15/09/2010

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