lunes, 13 de julio de 2009

La libertad y sus efectos colaterales

Imaginemos por un momento que un gobernante déspota obliga un par de miles de personas a concentrarse en un callejón y suelta por uno de los extremos una manada de toros de afilados cuernos que embisten contra la multitud, que corre a su vez hacia el extremo opuesto de forma trotinada, tropezando unos con otros e intentando refugiarse en los pocos lugares aptos para escapar de los pitones.

Una conducta así recibiría, a buen seguro, la censura de cualquier observador. No hay derecho, es una salvajada, es una forma de tortura, vulnera los derechos fundamentales, etc., etc.

Sin embargo, cuando esas mismas circunstancias concurren durante los Encierros de San Fermín, son celebradas y televisadas a medio mundo, aunque, como hace unos días, le hayan costado la vida a un joven y haya habido varios contusionados. Es decir, si nos obligan es una cosa y si lo hacemos voluntariamente es otra, eso es evidente.

Es el más claro ejemplo de la libertad de la que goza el ser humano. Es el “libre albedrío”, es la posibilidad de optar en multitud de facetas y ocasiones de la vida (San Agustín lo definía como la posibilidad de elegir entre el bien y el mal). Tenemos la suerte de poder escoger entre asumir más o menos riesgo en nuestros comportamientos, podemos decidir libremente si vamos a Madrid en coche o en tren, o si practicamos paracaidismo o ajedrez, y no queremos renunciar a ese derecho.

El ser humano reclama la libertad como el primero y principal de sus derechos. Rechazamos que los demás decidan por nosotros, reclamamos el derecho a ser dueños de nuestros propios actos, aunque en muchas ocasiones esa libertad la utilicemos para poner en riesgo nuestra propia integridad física.

El tópico dice que nuestra libertad termina donde empieza la de los demás. Es decir, asumimos que nuestra conducta debe estar reglada cuando se pone en riesgo la vida de nuestros semejantes, como ocurre por ejemplo con la normativa sobre tráfico y seguridad vial, donde no nos queda más remedio que admitir normas prohibitivas (la tasa de alcohol en la sangre a la hora de conducir es un factor de riesgo y las leyes sancionan con severidad al que no respeta estos límites).

Pero fuera de esos casos, cuando lo único que está en juego es nuestra propia vida, reclamamos el derecho absoluto a decidir si queremos ponernos delante de un Miura, o hacer barranquismo, o subir al Everest, porque hay peligro, miedo, inquietud y vértigo (sean cuales sean las consecuencias).

Ahora bien, ese mismo razonamiento nos podría llevar más lejos de lo que a veces se quiere admitir. Por esa misma regla de tres deberíamos, por ejemplo, aceptar el consumo de drogas o sustancias psicotrópicas con la misma naturalidad que asumimos el consumo de alcohol u otro tipo de “drogas legales”. No parece que tenga mucho sentido, desde el punto de vista de la libertad del individuo, ver con naturalidad que una persona pueda emborracharse todos los días y, en cambio, que no pueda fumar porros todos los días.

Sigue habiendo personas e instituciones que pretenden continuar monopolizando las normas de conducta del ser humano, quitando importancia a unas prácticas (en base a conceptos abstractos como el de “tradición”) y criminalizando otras.

11 comentarios:

Motero dijo...

Que fiestas salvajes!! A estas alturas de la civilización divertirnos provocando el terror y el pánico en unos animales. Y exponiendo la vida de nuestros jóvenes. No entiendo porque si me obligan a usar cinturón o casco me permiten arriesgar la vida de una manera tan estúpida.

Selector de noticias dijo...

En España no se confiesa ni Dios

Lliris Picó dijo...

Saps? Normalment m’agrada molt matinar, sobretot els diumenges i sobretot a l’estiu. Dedique les primeres hores del matí a llegir les notícies a repassar algun escrit, a revisar la propera columna que he de’entregar al periòdic, etc. Ahir vaig decidir veure què passava al món en aquell precís instant en què jo m’acabava el meu literari café dominical. Vaig engegar la televisió i el primer que vaig veure va ser un bou (el ja famós Ermitaño) empitonant un desafortunat “mozo” com si fóra un vulgar drap brut. L’escena era impressionant, brutal, impactant, angoixant. Però, el més sinistre de tot no era l’home ensangonat i aterrit que es tirava les mans al pit en un intent inútil que la sang deixara de rajar-li a dojo, vés a saber si d’un pulmó. El més sinistre, el més brutal, el més espaterrant era la imatge de la periodista que cobria la notícia; el fons de la imatge, millor dit: la gent de festa saludant alegrement la càmera, espentant-se els uns als altres per omplir un primer pla, per eixir uns segons en la tele. Frívol rerafons per a un drama com és el d’estar a les portes de la mort (he llegit avui que l’agosarat “mozo” continua ingressat a l’UCI).
I és que, certament, crec que això dels “encierros” trau la part més fosca, més macrabra i més morbosa de l’esser humà. Com diu (o segurament dirà ací mateix) “mi Santi”, un va als bous per a veure sang, i no la del bou precisament; la que més impacta és la de l’home. Aquesta és la que ens dóna més per esmolar la llengua, per omplir el temps mort de l’hora del café o de l’aperitiu. On està la gràcia si no és en la sang i en el risc inútil i idiota de perdre la vida o veure com un altre ésser (humà o no) la perd?
Aferrar-se a la tradició per justificar conductes irresponsables i censurables em sembla una argument poc encertat perquè hi ha molts elements relacionats amb la cultura i les tradicions que abandonem per deixadesa o per comoditat, per exemple la transmissió lingüística de pares a fills, l’elaboració de plats i celebarcions tradicionals (Quants de nosaltres quedem ja a dinar en un restaurant el dia de Nadal per estalviar a l’àvia la faenassa de fer-nos un putxero amb farcedures? Quants comencem a donar més importàcia al tal Papa Noel que als Reis Mags? Quina persona de la meua edat –vorege els 37- sabria fer un plat de borreta?). D’altra banda, hi ha ocasions en què les tradicions es veuen modificades per interessos econòmics i de classe. Un exemple molt clar, des del meu punt de vista, són les mateixes festes patronals del nostre poble, que any a any van fent-se menys populars i el cens de participació està ben relacionat amb la butxaca i la faltriquera i amb el “rancio abolengo” dels participants...
Si la tradició, mirant de lluny les coses, no ens sembla argument que justifique, posem per cas, l’ablació o els collars que els imposen a les dones girafa, o l’antic dret de pernada, per què ens ha de servir per justificar una insensatesa com arriscar la teua vida i el futur i el benestar emocional de la teua família davant d’un bou?

Claudio dijo...

No. No me cabe duda. Por aquí solemos decir que "el que no vullga pols, que no vaja a la era". El que no quiera que un toro lo destripe, que no vaya a un encierro o a una suelta de vaquillas. Es el concepto de libertad que expresas en tu artículo.

En este asunto de los toros hay una diferencia con respecto a los otros riesgos asumidos por los que ponen en peligro su vida con la práctica de deportes arriesgados o con la ingesta o consumo de sustancias nocivas. Hay otro ser que se ve obligado, contra su voluntad, a participar en todo este circo. Y con un destino ignorado por él.

Al toro no se le da opción de elegir. Es un bello animal, criado para este fin y que tal vez no existiera si la fiesta de los toros no existiesen. Un destino comparable al de los cerdos que pacen tranquilamente en las dehesas de Extremadura y que no conocen cómo va a ser el fin de sus días, con apenas uno o dos años de edad y con una muerte tan cruel, si no más, que la de los toros en la plaza.

Nuestra hipocresía es grande y está bien camuflada, no nos engañemos. Usamos a los demás seres del planeta a nuestro antojo y para nuestro propio provecho. Somos depredadores. Los más depravados y sanguinarios. Y lo peor es que no somos conscientes de ello, igual que el toro no es consciente de que el encierro es una broma, que no es ahí donde está el peligro, sino en la plaza. Que si no fuese bravo, no lo llevarían allí. Pero que si no fuese bravo lo matarían con electrodos en la sien.

No tengo dudas de que nos falta mucho por reflexionar, y por auto-evaluarnos.

Iberut dijo...

Si fuera así como dices no tendría sentido que se nos exija llevar puesto el cinturón de seguridad en el coche porque al fin y al cabo somos libres de matarnos en un accidente frontal ¿es eso?

Mathilde dijo...

No estoy totalmente de acuerdo con lo que expones. Soy partidaria de defender la libertad del hombre y de la mujer hasta el límite, sin embargo me pregunto si todos los hombre y todas las mujeres están preparados para asumir las consecuencias de sus decisiones. Y aquí entra el juego el papel del Estado a modo de "Gran Hermano" que vigila e incentiva conductas socialmente beneficiosas, aunque para ello tenga que poner límites a nuestra libertad.

Como siempre, la respuesta no puede ser unívoca. Las drogas no son buenas o malas, pues depende de la dosis. No hay un SI o un NO rotundo. Como en tantos dilemas del ser humano todo es cuestión de límites.

Vicente dijo...

En los albores del Siglo XXI no es necesario debatir si procede o no procede hacer "encierros" y me niego a seguir exponiendo los miles de razones lógicas en contra de la mal llamada "fiesta nacional". Creo que son actos de barbarie, simple y llanamente y nadie me convencerá de lo contrario.

Con independencia de lo anterior, creo que sobraban los motivos para que en Pamplona se hubiera decretado un día de luto, suspendiendo parte o todo el programa de festejos, y, por supuesto,el encierro del día siguiente.

Observo que no hay o fallan las medidas de seguridad, que se meten a correr muchas más personas en el encierro de las que caben, muchas de las cuales llevan algunas copas de más encima, lo cual es más peligroso también para el resto de corredores, que las barreras de protección son deficientes, etc.

Dicen que con la muerte del toro en la plaza quedó vengada la del joven Daniel, como si el animal irracional tuviese la culpa de seguir su instinto cuando lo someten a una situación límite.

Es una pena que el hombre utilice su libertad para esto.

Anónimo dijo...

Hemos cambiado poco desde los tiempos de los romanos,¿porque creéis que José Tomas llena las plazas de toros, por lo bien que torea?, no,la gente va para ver si lo coge el toro y esa es la clave del éxito de la fiesta nacional.

BALSAGA dijo...

IEEE!! Au vist el desplegament televisiu?

Mare mare, si al pobret el van grabar desde tots el anguls!!!

Menos mal que al del dumenge no el van matar, perque menuda alegria li donaria als seus familiars, vorel agonitzar per la tele mil vegades ¿no?

¡Si hasta els seues parts van ser grabaes en panavisió per lo menos!!

Ja voreu com al final se edita el DVD "Els millors cornaes dels San Fermins! (en menús interactius i tot)

Toni dijo...

La capacidad para elegir libremente no sirve de nada si el individuo no tiene un nivel adecuado de información. Yo soy libre de invertir en un fondo de pensiones X o en un plan de ahorro Y, pero si no se me informa de las ventajas e inconvenientes, de los riesgos de una u otra decisión, mi libertad no sirve de nada.

Juanjo dijo...

Estoy completamente de acuerdo con tu reflexión, y ademas, me parece un delirio de masas (en palabras de Thomas Szas) que se cuestione declarar el aborto legal, hasta en menores de edad, antes de declarar la eutanasia legal para mayores de edad que estén en sus cabales. Siguiendo la exposición de tu artículo, ¿como es posible que queramos tener mas libertad a la hora de escoger si queremos darle la vida a un 'tercero' que a la hora de escoger si continuar con la nuestra (o si preferimos incluir en esta alguna sustancia psicoactiva), que es la única posesión que por definición nos pertenece? Quizá es que nos dá miedo cargar con tal responsabilidad (hágaselo mirar matilde), y preferimos cargársela al estado, y a éste quizá también le interese tener cierto control de nuestras vidas (y por supuesto, de nuestros hábitos farmacológicos).

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