Nacionalismo, política y deporte
Escribo estas líneas apenas una hora antes de empezar el partido de la final de la Eurocopa, entre España y Alemania y por lo tanto sin conocer su resultado aunque, por otra parte, no es necesario para decir lo que quiero decir.
Una consigna que suelen repetir aquellos que sacan pecho, banderas e himnos hasta en una competición de petanca es la siguiente: NO HAY QUE MEZCLAR política y deporte. Ellos, por supuesto, no mezclan política y deporte. Lo suyo, ya se sabe, es otra cosa.
En la era de la modernidad el fútbol se ha convertido en un elemento útil para estimular esa simbólica e ideal integración tan útil para conformar las identidades sustentan esos grupos humanos, más o menos imaginarios, que son las naciones. Para muchos, la asistencia, en directo o a distancia, a los espectáculos deportivos se convierte en inexcusable deber cívico. Con independencia de que a uno le guste o no el fútbol, apoyar a "su" selección es una declaración pública de lealtad a la nación.
Hace un par de días decía la prensa que en algunos comercios se había acabado la tela de la bandera española, tal ha sido la euforia desatada por el histórico pase a la final de la selección. Hoy, con independencia del resultado, no faltarán banderas y demás parafernalia al uso. Pero claro, esto no tiene nada que ver con la política ¿no? Será por eso que, según un informe de la UE, el título de campeón no es solo conquistado por un equipo, sino por la sociedad de la que procede.
Siendo esto así, no alcanzo a comprender los motivos por los que a algunos se les niega el derecho a poder disfrutar viendo competir a sus equipos. Me refiero, por ejemplo, a las pretensiones de ERC de que haya selecciones deportivas catalanas. Claro, claro, es que ERC y todos los malditos nacionalistas vascos están mezclando política y deporte.
Hablar del asunto, incluso gobernando el PSOE, constituye tabú. Se trata de un tema intocable en este país, junto con la monarquía, la Constitución, la sagrada unidad de la cosa y la selección nacional española (¿ven qué claro tienen algunos eso de las naciones?).
En su día bastó que un jugador del Barcelona, Oleguer, prestase su imagen para la campaña "Una nació, una selecció", para que los nietos de Torquemada se apresurasen a sacar las antorchas del armario, retando al jugador a que se negase a acudir a la llamada del seleccionador de la única selección posible. Era un dilema: si aceptaba la llamada, demostraba que, como a todos los nacionalistas, sólo le interesa el dinero y el medro personal. Si se negaba, dejaba claro que, como todos los nacionalistas, es un filoterrorista.
Y es que algunos siempre tienen la razón.
[Dejo programada la publicación de esta entrada y me voy a ver el partido]

























