sábado, 19 de enero de 2008

Un esperpento permanente

Algunas de las cosas que voy leyendo y oyendo desde que tomé posesión de mi cargo de Concejal en el Excmo. Ayuntamiento de Ibi me producen auténtica sorpresa. No puedo dejar de acordarme de la figura del esperpento, tal y como la desarrolló magistralmente Ramón María del Valle Inclán en Luces de Bohemia.

Para escribir esta obra el autor se sirve del esperpento, palabra que queda definida en la escena XII del libro. En ésta, el protagonisa, Max Estrella, comenta su significado a Don Latino, argumentando que la tragedia de España no es tragedia (esto sería demasiado noble, según él, para nuestro país). Somos una deformación grotesca de Europa y de ahí que la vida española sólo puede explicarse a través de una estética deformada. Y es que las más bellas imágenes, a través de la óptica de un espejo cóncavo, son absurdas. Esta es la filosofía del esperpento.

De todo lo que se podría extrapolar de aquella oscura época en la que le tocó vivir al maestro, me centro ahora en la crítica política, que él realiza a través de citas o alusiones. Varios personajes políticos de aquellos momentos son atacados: Maura, Castelar; Manuel Cano (cacique de Huesca), Don Jaime, el conde de Romanones, el general Weyler (que se oculta como el “Enano de la venta”), el ministro ya citado, Silvela, Alfonso XIII, García Prieto, el marqués de Alhucemas, la Infanta… También algunas instituciones son atacadas con crudeza: la Acción Ciudadana o el Ministerio de la desgobernación.

Con todo lo anteriormente descrito, el libro aparece como un reflejo hiriente de la situación política de las primeras décadas del presente siglo. Lo que quizás sea más destacable es que Valle Inclán selecciona los personajes históricos para que compongan un friso esperpéntico no de un momento dado sino de toda una época, más o menos desde la mayoría de la edad de Alfonso XIII, hasta 1920. Todo lo que en días sucesivos irá apareciendo en esta bitácora daría a Valle Inclán para escribir otra novela esperpéntica. Ya lo verán ustedes.

De momento, recomiendo a cualquiera la lectura de esta obra maestra de la literatura española y me tomo la libertad de transcribir el interrogatorio a Max en el Ministerio de la Gobernación:

Escena V


Zaguán en el Ministerio de la Gobernación. Estantería con legajos. Bancos al filo de la pared. Mesa con carpetas de badana mugrienta. Aire de cueva y olor frío de tabaco rancio. Guardias somnolientos. Policías de la Secreta -hongos, garrotes, cuellos de celuloide, grandes sortijas, lunares rizosos y flamencos-.

Hay un viejo chabacano -bisoñé y manguitos de percalina- que escribe, y un pollo chulapón de peinado reluciente, con brisas de perfumería, que se pasea y dicta humeando un veguero. Don Serafín, le dicen sus obligados; y la voz de la calle, Serafín El Bonito.

Leve tumulto, dando voces, la cabeza desnuda, humorista y lunático, irrumpe Max Estrella. Don Latino le guía por la manga, implorante y suspirante. Detrás asoman los cascos de los guardias. Y en el corredor se agrupan, bajo la luz de una candileja, pipas, chalinas y melenas del modernismo.

Max: ¡Traigo detenida una pareja de guindillas! Estaban emborrachándose en una tasca y los hice salir a darme escolta.

Serafín El Bonito: Corrección, señor mío.

Max: No falto a ella, señor delegado.

Serafín El Bonito: Inspector.

Max: Todo es uno y lo mismo.

Serafín El Bonito: ¿Cómo se llama usted?

Max: Mi nombre es Máximo Estrella. Mi seudónimo, Mala Estrella. Tengo el honor de no ser académico.

Serafín El Bonito: Está usted pasándose. Guardias, ¿por qué viene detenido?

Un guardia: Por escándalo en la vía pública y gritos internacionales. ¡Está algo briago!

Serafín El Bonito: ¿Su profesión?

Max: Cesante.

Serafín El Bonito: ¿En qué oficina ha servido usted?

Max: En ninguna.

Serafín El Bonito: ¿No ha dicho usted que es cesante?

Max: Cesante de hombre libre y pájaro cantor. ¿No me veo vejado, vilipendiado, encarcelado, cacheado e interrogado?

Serafín El Bonito: ¿Dónde vive usted?

Max: Bastardillos. Esquina a San Cosme. Palacio.

Un guindilla: Diga usted casa de vecinos. Mi señora, cuando aún no lo era, habitó un sotabanco de esa susodicha finca.

Max: Donde yo vivo, siempre es un palacio.

El guindilla: No lo sabía.

Max: Porque tú, gusano burocrático, no sabes nada. ¡Ni soñar!

Serafín El Bonito: ¡Queda usted detenido!

Max: ¡Bueno! Latino, ¿hay algún banco donde pueda echarme a dormir?

Serafín El Bonito: Aquí no se viene a dormir.

Max: ¡Pues yo tengo sueño!

Serafín El Bonito: ¡Está usted desacatando mi autoridad! ¿Sabe usted quién soy yo?

Max: ¡Serafín El Bonito!

Serafín El Bonito: ¡Como usted repita esa gracia, de una bofetada, le doblo!

Max: ¡Ya se guardará usted del intento! ¡Soy el primer poeta de España! ¡Tengo influencia en todos los periódicos! ¡Conozco al ministro! ¡Hemos sido compañeros!

Serafín El Bonito: El señor ministro no es un golfo.

Max: Usted desconoce la historia moderna.

Serafín El Bonito: ¡En mi presencia no se ofende a Don Paco! Eso no lo tolero. ¡Sepa usted que Don Paco es mi padre!

Max: No lo creo. Permítame usted que se lo pregunte por teléfono.

Serafín El Bonito: Se lo va usted a preguntar desde el calabozo.

Son Latino: Señor inspector, ¡tenga usted alguna consideración! ¡Se trata de una gloria nacional! ¡El Víctor Hugo de España!

Serafín El Bonito: Cállese usted.

Don Latino: Perdone usted mi entrometimiento.

Serafín El Bonito: ¡Si usted quiere acompañarlo, también hay para usted alojamiento!

Don Latino: ¡Gracias, señor inspector!

Serafín El Bonito: Guardias, conduzcan ustedes ese curda al número 2.

Un guardia: ¡Camine usted!

Max: No quiero.

Serafín El Bonito: Llévenle ustedes a rastras.

Otro guardia: ¡So golfo!

Max: ¡Que me asesinan! ¡Que me asesinan!

Una voz modernista: ¡Bárbaros!

Don Latino: ¡Que es una gloria nacional!

Serafín El Bonito: Aquí no se protesta. Retírense ustedes.

Otra voz modernista: ¡Viva la Inquisición!

Serafín El Bonito: ¡Silencio o todos quedan detenidos!

Max: ¡Que me asesinan! ¡Que me asesinan!

Los guardias: ¡Borracho! ¡Golfo!

El grupo modernista: ¡Hay que visitar las redacciones!

Sale en tropel el grupo. Chalinas flotantes, pipas apagadas, románticas greñas. Se oyen estallar las bofetadas y las voces tras la puerta del calabozo.

Serafín El Bonito: ¡Creerán esos niños modernistas que aquí se reparten caramelos!

3 comentarios:

Anónimo dijo...

Curiosa forma de insinuar ...

¡Sepa usted que Don Paco es mi padre!

No lo creo. Permítame usted que se lo pregunte por teléfono.

Mathilde dijo...

Valle Inclán era un maestro, pero fue incómodo con el poder. No ha interesado nunca dar valor a sus obras y permanece condenado al olvido. Gracias por refrescarme la memoria.

Claudio dijo...

A mí, este Max me recuerda mucho a Groucho.

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