lunes, 16 de julio de 2007

Diamante de Sangre

He visto la película “Diamante de Sangre”, del director Edward Zwick, ambientada en Sierra Leona, en plena Guerra Civil de 1991. El protagonista principal es un traficante de diamantes que encarna Leonardo Di Caprio, especializado en la venta de piedras preciosas cuyos beneficios son utilizados para financiar a los rebeldes y al gobierno al mismo tiempo, que se cruza en el camino de un nativo pescador (Djimon Hounsou) quien, tras perder el rastro de su familia, enterró una enorme piedra de diamante trabajando como esclavo para los rebeldes.

La película intenta relatar el proceso mediante el que las multinacionales occidentales aseguran la estabilidad del mercado de diamantes, por encima de los avatares del poder, describiendo sin miramientos la falta de escrúpulos de los blancos (sudafricanos, europeos, americanos) que utilizan ese continente y a sus gentes para sus propios intereses (robo de riquezas).

Pero vuelven a los tópicos habituales (los periodistas blancos son los únicos capaces de salvar Africa) y emplea numerosas escenas y relatos totalmente innecesarios.

Como forma de acercamiento a la realidad de África “Diamante de Sangre” tiene rasgos comunes con "La pesadilla de Darwin” o "Hotel Rwanda", pero como película de denuncia social, no llega ni a la altura de “El Jardinero Fiel”, aunque ambas comparten un desenlace panfletario que patina y desinfla lo que nos han mostrado previamente: los buenos acaban triunfando sobre los malos, porque los hipócritas espectadores occidentales necesitan ese “final feliz-justo” para sentirse tranquilos con sus propias conciencias.

Pese a todo, este tipo de producciones nos acercan a la realidad del continente africano, cuna de la vida pero a la cola del desarrollo mundial y económicamente explotado por las economías del primer mundo. Frente a los bodrios que nos llegan de Hollywood, siempre habrá espectadores que se dejarán cautivar por una historia que llame a la reflexión y les haga reflexionar. Pero quizás esto mismo sea una de tantas utopías mías y tenga razón aquel periodista de “Hotel Rwanda”, que filmaba imágenes durísimas por las calles ruandesas pero que descartaba que el mundo occidental, al verlas, hiciese algo más que lamentarse y adoptase algún tipo de medida.

[Nota: Sierra Leona es el segundo país más pobre según la clasificación de las Naciones Unidas para el 2006; tiene un Índice de Desarrollo Humano del 0.335; la esperanza de vida es de 40 años; únicamente un 35% de los habitantes saben leer y escribir; el 43% de la población no tiene acceso al agua; el 27% de los niños menores de 5 años están desnutridos; la desigualdad es brutal: el 20% más rico tiene el 63'4% de la riqueza, y el 20% más pobre sólo el 1,1%].

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